12.9.07

Lo que queda de un día.

Descorro la cortina y doy gracias a Dios.

Ahí está el sol y las pequeñas -ínfimas todavía- yemas en los árboles.

Lentamente van apareciendo los colores y pronto guardaré el chaquetón negro que me ha acompañado todos estos meses. Esa sola perspectiva me da bienestar. Un minuto más aspirando el aire con la ventana abierta, un momento inigualable que no se repite a menudo. Los loros tricahues que según algunos se han constituido en una plaga, vuelan y gritan escandalosamente.

Otra vez los picaflores en el abutilon.
Curiosamente anoche el aire estaba picante, las bombas lacrimógenas extendieron su efecto en toda el área. Hoy todos los noticieros relatan la muerte de un carabinero, cientos de detenidos y algunos heridos. Ha sido otra noche de once de septiembre, nefasta como todas, peor aún, se nos ha hecho habitual esta aceptación de violencia recóndita que aflora en la oscuridad. Al día siguiente cuando aparece el sol pareciera que somos todos hermanos. ¿Cuál es la verdad? ¿Cómo somos cuando pensamos que nadie nos ve? ¿Quiénes somos en realidad?

Quisiera vivir este día de sol como lo que es, un día de sol, presagio del tiempo cálido, de olores que se confunden unos con otros y suelen ser una muestra experimental de almizcle. A veces quisiera convertirme en perfumista. He hecho algunos intentos con pétalos de rosas o con aceites esenciales que adquirí en la Hanemman, pero no soy constante. Hay que tener tiempo y capital para crear cualquier cosa que a una se le ocurra. Y a veces no se reúnen los elementos. Pero el intento vale para mí.

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