21.8.08

El espejo.

Considerando las cremas, cirugías y cosméticos varios, el espejo ha venido a ser el centro de nuestra sociedad.


No solo es un artilugio adosado a alguna muralla del baño, en un living más o menos vistoso o empotrado en un tocador lleno de potiches chinos de todos colores, no señor, el espejo ha venido a ser el centro del dormitorio o el baño. Algunas personas lo colocan a la entrada (esas antiguas que tienen un recibidor con paragüero y todo eso), como para darse la última mirada al salir.


Compañero silencioso que aprueba o desaprueba nuestras tenidas, reflejo de lágrimas o momentos de alegría -en algunas personas tan escasos-, es consultado como lo hizo antaño la madrastra de los hermanos Grimm, esperando siempre una respuesta positiva. Quizás por eso es tan necesario, nos afirma en nuestras debilidades.


En nuestra casa hay uno desde el techo al suelo, legado de una antigua tienda de modas en quiebra (tú sabes, a veces en remates se encuentra toda clase de objetos a precios irrisorios), cada persona que pasa se observa con detención. Es invariable, la imagen proyectada no deja a nadie indiferente. Los niños le hacen muecas, las muchachas se retocan el labial o se arreglan el pelo que por las tardes, con el reflejo del sol pareciera que goza de una luminosidad angelical sobre la cabeza.


Mi amiga Edna viene a tomar té o a visitarme con cualquier excusa y aguarda esa hora particular, se detiene frente al espejo buscando ese resplandor tal vez esperando que lo traspase a su alma. La dejo sola en su momento de agrado. Me alegra que disfrute de un momento feliz, aunque sea apenas un reflejo de la gloria que esperamos.


1 comentario:

AleMamá dijo...

La verdad es que por amor al prójimo debiera mirarme más seguido. No es raro que ande con la pintura corrida o con el pelo parado :(
Pucha, oh.....