
Tantas páginas escritas y tantas por escribir.
Más de
300 poemas inéditos esperan para encontrarse con los ojos de nuevas generaciones. Jóvenes que apenas leen, muchos ni siquiera darán importancia al hallazgo. ¿Qué va? ¿Cuántos poemas ignoramos? ¿Cuántas palabras ni soñamos su significado? ¿Y a qué leer tanto muerto?
Una muerta en este caso, escuchar una lectura en la voz de alguien que nunca conoceremos, raro ¿no?
Los muertos nos habitan, logran sacar de nuestro interior la desolación con su sola palabra o entristecernos con una música; o tal vez como
Bergman, maravillarnos.
Mi amigo P. descubrió a
Gabriela cuando estudiaba Lingüística. Desde ese tiempo me insistía en la solidez de su escritura y la coherencia de su pensamiento. Así fue como la descubrí y cada cierto tiempo vuelvo a los poemas habituales, no por exceso suenan trillados, la verdad es que mientras más profundizas, más entiendes un mundo sólido, reverente, amplio, rico en conceptos y consistente en su fe.
Quizás con el tiempo logremos apreciar lo que somos en los que hemos sido.
Tal vez nuestros muertos logren el milagro de revivir en nosotros el canto, la fe y la maravilla de estar vivos, de pensar y de saber que podemos expresarnos con más de cuatro interjecciones ordinarias y degradantes.
¿Por qué no iniciar hoy un acercamiento a la sencillez y amabilidad de Gabriela Mistral en la belleza de este poema?
UNA PALABRA
Yo tengo una palabra en la garganta
y no la suelto, y no me libro de ella
aunque me empuja su empellón de sangre.
Si la soltase, quema el pasto vivo,
sangra al cordero, hace caer al pájaro.
Tengo que desprenderla de mi lengua,
hallar un agujero de castores
o sepultarla con cal y mortero
porque no guarde como el alma el vuelo.
No quiero dar señales de que vivo
mientras que por mi sangre vaya y venga
y suba y baje por mi loco aliento.
Aunque mi padre Job la dijo, ardiendo,
no quiero darle, no, mi pobre boca
porque no ruede y la hallen las mujeres
que van al río, y se enrede a sus trenzas
o al pobre matorral tuerza y abrase.
Yo quiero echarle violentas semillas
que en una noche la cubran y ahoguen,
sin dejar de ella el cisco de una sílaba.
O rompérmela así, como la víbora
que por mitad se parte entre los dientes.
Y volver a mi casa, entrar, dormirme,
cortada de ella, rebanada de ella,
y despertar después de dos mil días
recién nacida de sueño y olvido.
¡Sin saber ¡ay! que tuve una palabra
de yodo y piedra-alumbre entre los labios
ni poder acordarme de una noche,
de la morada en país extranjero,
de la celada y el rayo a la puerta
y de mi carne marchando sin su alma!
la fotografía de: ali jarekji