19.9.07

Escribir sobre Chile.

Siete de la mañana. Amanece en Santiago de Chile. Las calles absolutamente desiertas después de cinco días de farra (con sus respectivas noches).

Carlos Franz hace un retrato de Chile, en Letras Libres, bastante cercano a la realidad, aunque jamás ningún escritor podría capturar todo lo que de verdad significa "la realidad" de un lugar, una cultura o ese ambiguo sentimiento que nos recorre en estas fechas donde casi todos sentimos esa desmedida devoción por lo típico chileno, llámese empanadas, rodeo, volantines, palo encebado, rayuela, banderas, banderitas, oh, la tricolor que alguna vez -como la Cecilia Bolocco- ganó un concurso de la bandera más bella (¿en todos los países se contará este cuento?).

Transito veredas donde duermen ebrios que entre sueños balbucean palabras del recién pasado goce. Por un momento olvidaron su insignificante vida, sus frustrados sueños, su exigente horario y -nunca puede faltar-, las penas del Transantiago.

Borrachos y borrachas, algunos endrogados luciendo sus pintas dieciocheras. ¿Existe todavía esa costumbre de comprar ropa para estas fiestas? Algunos lucen zapatos de buena marca, otras exhiben las piernas al sol de la mañana con cierta obscenidad propia de la alucinación que trasmite la noche sin que puedan ordenar sus pensamientos.

No siento pena como en otras ocasiones. Tal vez por lo repetido de la escena.

Sólo curiosidad.

Una curiosidad casi científica. ¿Qué noche fue la que hizo nacer este amanecer? ¿En qué oscuros rincones se corrió el maquillaje? ¿Por qué beben hasta quedar tirados sin pudor? ¿Hay una especie de felicidad en tanto desenfreno? Y si así es ¿por qué esa muchacha llora con angustia llamando a su padre?


2 comentarios:

alida dijo...

Felicitaciones atrasadas, tiempo sin pasar por aquí te dejo un alegre abrazo

Alemamá dijo...

Se busca la felicidad en cisternas agrietadas, donde no puede ser hallada: en el desenfreno y en el vicio. Cuando pasa la resaca y la euforia se quedan más vacíos que cuando empezaron, y se verán miserables por no haberse contenido a tiempo en su rebajarse. Qué triste.

¡Ay, amiga! qué ganas de darles la felicidad que no conoce fin.

Un abrazo