5.7.07

Me sucedióotra vez.

La vida se copia a sí misma.
Cuando creí que no había otro ejemplar dando vueltas por ahí, me he topado con uno que reivindica mi fe.
Un hombre santo.
Un hombre que ha renunciado a las comodidades, a los privilegios, al buen pasar de las ciudades y se ha ido al fin del mundo, siempre con grados bajo cero, solo para realizar el acto más noble que ser humano puede hacer, predicar el evangelio hasta el fin del mundo, haciendo carne el mandato de Jesucristo.
Recuerdo cuando escribí este post:

"En mi vida he conocido algunos hombres santos. Una que otra mujer también.
Tal vez tú no has conocido a ninguno; esa privación te ha hecho un poco escéptico u obstinadamente agnóstico.
Santos, no de esos para canonizarlos.
No, definitivamente.

Pagan impuestos como cualquier mortal, comen, tienen gripe, a veces se molestan con las noticias contingentes, en ocasiones son tajantes en sus principios (pueden defenderlos a ultranza pero al mismo tiempo pueden entender al otro y conservar la paz); algunos son buenos para la "talla", en fin.
Humanos.
Su amor hace la diferencia.
Su amor por el prójimo es casi un insulto a tanta soberbia desparramada por el mundo.
Su ninguna vanidad.
Su sentido de lo importante y lo superfluo.
Serviciales hasta la tontera.
Desconocidos como la piedra escondida entre la Roca, que ignoramos cuánto de valioso tiene interioramente.
No salen en la tele, ni por casualidad.
Ni en LUN (¡Dios los libre!)
Ni siquiera han sido invitados a un Te Deum. Tampoco eso les quita el sueño.
Sólo quieren hacer suyas las palabras de Jesucristo: "En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros."
Y de verdad lo están logrando."

Dedico estas líneas a Felipe de Puerto Williams.
Impresionada de su valor.
Dios provea para él y su familia TODO lo necesario.


(Si deseas saber donde queda Williams, mira aquí

1 comentario:

alida dijo...

Que emoción tan grande debes haber conocido alguien así, gracias por compartirlo
Un abrazo