11.6.07

Momentos de desazón.

Nadie se libra de la desazón que ha venido para quedarse entre los habitantes de Santiago. Es una sensación que empieza a oprimirnos cada día y nos provoca cierto desconcierto. Me tiembla la mano mientras escribo y es la impresión de temor que hoy sentí mientras volvía a casa. Recuerdo que alguna vez sentí este estremecimiento ajeno a la cotidianeidad pacífica de nuestras calles (tú sabes cómo buscamos la paz y andamos en ella, evitando el odio o las riñas inconducentes).

El Metro, seis de la tarde. Saturado de hombres y mujeres que esperan encontrar un espacio medianamente cómodo (sólo piden un pequeño lugar donde quepa su humanidad) para volver a casa. Espero junto a ellos, el conjunto es un vaivén color negro-gris que ríe, conversaciones en voz baja, algunos escuchan música en sus audífonos, otros una concentrada lectura. De pronto me siento empujada hacia dentro del carro con tal violencia que creo caeré al piso. Unos a otros nos sujetamos y es tal la alteración de los cuerpos que apenas se puede respirar. No sé dónde estoy pisando y mis codos tratan de ahuecar un poco el espacio para acomodarme al lugar. Definitivamente estamos apilados como en carro de animales sin derecho a voz (sería imposible hablar algo en esas condiciones).

Nadie protesta. Extrañamente ¡no protestamos! Y es muy agraviante viajar en esas condiciones. Ya nadie dice nada. Las conversaciones se han cambiado por un mutismo cerrado y hosco.
Miro algunos rostros con cierta discreción. Veo pena, miedo, desaliento, tristeza. Veo derrota. Una desazón inexpresable. La tensión de soportar la cercanía extrema de cuerpos ajenos, olores penetrantes, virus.
Para liberarme de la rigidez empiezo a recordar algún poema. Palabras que aligeren mi espíritu; alguno que hable de lugares amplios y verdes praderas. Tal vez Walt Whitman y su "Canto a mi mismo" o a Neruda con esos versos que nos hablan los largos trenes del Sur. Sí, ese que recuerda aquellos medios de locomoción bastante precarios y sin embargo encantadores. Donde cada pasajero era un mundo por conocer y el viaje era tan extenso (a veces días y noches) que más de alguna amiga nos quedó como un regalo adicional.

Trenes del Sur, pequeños
entre
los volcanes,
deslizando
vagones
sobre
rieles
mojados
por la lluvia vitalicia,
entre montañas
crespas
y pesadumbre
de palos quemados.
Oh
frontera
de bosques goteantes,
de anchos helechos, de agua,
de coronas.
Oh territorio
fresco
recién salido del lago,
del río,
del mar o de la lluvia
con el pelo mojado,
con la cintura llena
de lianas portentosas,
y entonces
en el medio
de las vegetaciones,
en la raya
de la multiplicada cabellera,
un penacho perdido,
el plumero
de una locomotora fugitiva
con un tren arrastrando
cosas vagas
en la solemnidad aplastadora
de la naturaleza,
lanzando
un grito
de ansia,
de humo,
como un escalofrío
en el paisaje!
(sigue>>>)
(la foto del metro tobalaba es de plataforma urbana:

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