17.1.07

Un antiguo nuevo propósito.

El 1 de enero del año 2006 anoté en la recién estrenada agenda tres propósitos.

Uno de ellos era "no quejarse".

La queja pareciera ser un hábito nacional que nos recubre como ropa prestada de mala calidad que intenta como sea impedir toda nueva iniciativa.

Está en nuestros genes.

Basta que propongas algo, una idea, un principio, un proyecto y no faltará la persona que, con un leve gesto de desdén, lo inmovilice. Cuántos buenos planes, cuánto progreso, cuánta felicidad, todo arruinado por una simple queja (aunque nunca es tan simple, en realidad).


La queja tiene ese gesto amargo de nuestra propia incompetencia, la que no llegamos a reconocer por la capacidad nula de evaluación que nos confunde; la queja, ese esfuerzo inflexible contra un inocente prójimo que tuvo la osadía de levantar la mano para proponer un viaje a la dimensión desconocida.


¿Cómo me fue en el propósito?


No puedo decir ¡aleluya!, lo logré. Debo confesar que partí bien, con salida de "caballo de carrera", como se inicia un nuevo año, tantos días preciosos para vivir con un ánimo positivo, con alegría. Los días pasan tejiendo una trama sutil, imperceptible y de pronto no sabes de dónde te oyes declarar la palabra equivocada, la que ya no puedes recoger.


Lo intenté, una y otra vez.

Lo seguiré procurando, es una promesa; tal vez llegue uno de esos años, un jubileo o algo así, donde mi boca declare solo verdades de Dios, alabanzas al Altísimo y bendiciones para mis semejantes.


Si reduzco las palabras, por favor, tenme paciencia, estoy trabajando en mi propósito.




la foto: reuters.

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